Reflexión sobre “El largo viaje” de J. Semprún

Sin duda alguna, El largo viaje es una obra impactante. Una obra bruta, grotesca, alegre, pesada… Una obra que por momentos te hace sentir tristeza, rabia, alegría… Una obra describible de mil y una maneras. Pero, sobre todo, una obra a la cual cualquiera que la lea, pondría un adjetivo por encima de todos los anteriores: empática. El largo viaje es una obra majestuosa, que no pierde detalle, y eso es, lo que en ocasiones (al menos a mí) te hace empatizar tanto.

Una obra que cuando la lees te hace reflexionar. Te hace pararte a pensar. Te hace darte cuenta de lo bien que hubieran vivido las víctimas del Holocausto de no ser por el necio, estulto y bucéfalo de Hitler.

El régimen nazi es (y espero que lo siga siendo, al menos, durante los próximos crones) la coyuntura que ha marcado una gran parte de la Historia. El régimen nazi ha sido testigo de miles y miles de asesinatos diarios. Testigo de maltratos, agresiones, violaciones, torturas… Testigo de una Historia desafortunada. Una Historia, a mi parecer, innecesaria, pero, por otro lado, necesaria; seguramente de no ser por ella yo no estuviera aquí, en mi casa, enfrente de mi ordenador, escribiendo esto. (Recordemos la Teoría del Caos de Lorenz…).

El largo viaje es una obra recomendable para todo aquel que quiera saber un poco más acerca del nazismo, y más aún, para todo aquel que quiera “vivir” en primera persona lo que uno sentía cuando te montaban en un tren rumbo a uno de los campos de concentración nazi.