Reflexión sobre “El largo viaje” de J. Semprún

Sin duda alguna, El largo viaje es una obra impactante. Una obra bruta, grotesca, alegre, pesada… Una obra que por momentos te hace sentir tristeza, rabia, alegría… Una obra describible de mil y una maneras. Pero, sobre todo, una obra a la cual cualquiera que la lea, pondría un adjetivo por encima de todos los anteriores: empática. El largo viaje es una obra majestuosa, que no pierde detalle, y eso es, lo que en ocasiones (al menos a mí) te hace empatizar tanto.

Una obra que cuando la lees te hace reflexionar. Te hace pararte a pensar. Te hace darte cuenta de lo bien que hubieran vivido las víctimas del Holocausto de no ser por el necio, estulto y bucéfalo de Hitler.

El régimen nazi es (y espero que lo siga siendo, al menos, durante los próximos crones) la coyuntura que ha marcado una gran parte de la Historia. El régimen nazi ha sido testigo de miles y miles de asesinatos diarios. Testigo de maltratos, agresiones, violaciones, torturas… Testigo de una Historia desafortunada. Una Historia, a mi parecer, innecesaria, pero, por otro lado, necesaria; seguramente de no ser por ella yo no estuviera aquí, en mi casa, enfrente de mi ordenador, escribiendo esto. (Recordemos la Teoría del Caos de Lorenz…).

El largo viaje es una obra recomendable para todo aquel que quiera saber un poco más acerca del nazismo, y más aún, para todo aquel que quiera “vivir” en primera persona lo que uno sentía cuando te montaban en un tren rumbo a uno de los campos de concentración nazi.

 

Surrealista, al menos para mí

Si a mí me dijeran que escribiera en una lista las diferentes maneras de producir un asesinato, lo colocaría en el último lugar. De hecho, ni se me ocurriría escribir algo como lo sucedido el día 26 en la lista.

No sé qué piensan ustedes pero nuestros hermanos (así llama la religión católica a nuestros prójimos) nunca nos dejan de sorprender. ¿En qué cabeza entra asesinar a punta de pistola en plena emisión en directo por televisión a dos compañeros de tu trabajo? Corríjanme si me equivoco y es normal hacerlo, pero creo que no es el caso.

Si estás descontento con tu trabajo, háblalo con tu jefe, o simplemente abandona tu puesto, pero no cojas un arma y dispares a dos personas que no te han hecho nada. Aunque no sé para qué sirve ya decirlo si el autor de los hechos está hospitalizado y su vida depende de un suspiro. De todas formas, es casi seguro que no iba a leer este texto, así que, como mucho, sirve para evitar que alguien pueda llegar a cometer otra vez un delito similar. O tal vez ni eso, porque se acabará olvidando y no se habrá hecho nada al respecto para evitar que vuelva a suceder algo así de nuevo. Como siempre pasa con todo. ¿Qué me dicen del asesinato del niño de 13 años a su profesor de Sociales hace unos meses?

Por lo tanto, ya solamente queda animar a las cercanías de los dos reporteros y apoyar a todos esos medios de comunicación que estos días sufren por la pérdida de Alison Parker y Adam Ward.

 

Enhorabuena (situación: este día nevó en Pamplona)

Enhorabuena. Así nos has dejado, sin saber qué hacer, sin saber a dónde ir, sin saber si vamos a llegar o nos vamos a estrellar. Así nos has dejado hoy, en blanco. Enhorabuena, eso de ser fría te ha salido bien. No has tenido compasión por nosotros, y la has liado gorda. A ver quién tenía ganas de salir hoy de casa a las siete de la mañana para ir a la escuela o al trabajo. Ah, y contenta que no te has pasado de la raya y aunque sea hemos podido salir de casa. Desprevenidos nos has pillado, nadie te esperaba. Y llegas tú sin avisar, y emblanqueces la ciudad. Miles de euros ha hecho perder tu presencia. Centenas de personas no han podido hoy llegar a su puesto de trabajo. Decenas de autobuses se han quedado tirados en mitad del trayecto sin poder llegar a su destino.

Enhorabuena, has conseguido paralizar a la que, supuestamente, es la raza más desarrollada e inteligente del Planeta. Enhorabuena, has pillado desprevenido a todo aquel personal que debería haber ordenado la actuación de un equipo de quitanieves hoy en Pamplona. Enhorabuena, pero estoy seguro que la próxima vez que te vea, te tendré que escribir diciéndote que lo intentes otra vez; puesto que el equipo encargado de la gestión de los quitanieves habrá leído esta, y muchas otras más cartas, y habrá actuado correctamente para eliminarte.

Enhorabuena, nieve.

 

De muerte en muerte

Menuda forma de empezar, ¿eh? De cuatro palabras, dos nombran a lo que pone fin a nuestra vida. Pero a mí no me echen la culpa por poner ese título. Echen la culpa a todos aquellos que fueron los causantes. A todos aquellos que pusieron la muerte a un metro de él, de su familia y de todos sus compañeros. Echen la culpa a quien inició el conflicto que lleva ya cuatro años atemorizando a él y a todos los sirios. Lo dijo él, uno de los cientos de miles de refugiados que huyen de la muerte. Asustado, cansado, desanimado. “He salido de la muerte, por favor, no me hagan entrar en otra”. No sé yo si esto va a servir para algo, pero, todo sea por intentarlo. Dicen que hubo dos Revoluciones Industriales y ahora mismo estamos en la Tercera con todo esto de la tecnología. También dicen que hubo dos Guerras Mundiales. Me equivoco, lo sé, sé que no estamos en la Tercera Guerra Mundial. No tenía pensado mencionar esto último pero la situación actual te hace pensarlo. Piensas en lo peor, porque es lo que dicen que hay que hacer, ponerte en lo peor. Yo sigo pensando que algún día se le va a ir el dedo a alguno de estos mandamases y la va a liar gorda. Podría estallar la Tercera Guerra Mundial… o, mejor dicho, lo que estallaría sería el Planeta. A saber lo que escoden por ahí estos jefes de los que os hablo. En fin, que me voy de la lengua… si yo sólo quería animar a que algún lector, si puede, apoye con un granito de arena porque con cada granito que pongamos, terminaremos haciendo una montaña para poner fin a todo este sufrimiento indeseado, ya sea viajando, donando útiles, dinero…

Todo lo bueno termina, hasta las vacaciones

¡Vuelta al cole! 2×1 en estuches, bolígrafos y fastidios a los estudiantes que quieren disfrutar de sus dos últimas semanas de vacaciones. Si algo odiamos los estudiantes de las vacaciones de verano es eso: la publicidad que se ve a finales de agosto y principios de septiembre. Que si compres el modelito para ir guapetón o guapetona a clase, que si compres el estuche del último videojuego que ha salido hace 2 días. Ojo, tiene que ser el del videojuego de hace 2 días. Si es el del videojuego que salió hace 1 semana ya no vale, que eso está anticuado. Es lo que tiene el consumismo.

A quién no le gusta estar de vacaciones. Que se lo digan si no a los que han estado este verano en el Caribe o en Tomorrowland. Eso no se hace todos los días. Menudas vacaciones se han pegado algunos y algunas, y sobre todo los estudiantes. Los que tenemos dos meses y pico (y no una o dos semanas como es habitual en el mundo laboral) para hacer de todo. Ese “hacer de todo” con matices, claro, que no todos somos mayores de edad y tenemos dinero. Dos meses y pico que pasan como el correcaminos y luego llegan los nueve de clases y se pasan como un caracol. O, mejor dicho, como un perezoso, que todavía son más lentos. Hombre, y cómo no habría que hablar ahora de la pereza. Esa cosa que no la hemos tenido en 2 meses y pico y llega la mañana del 10 de septiembre y de repente no podemos movernos de la cama.

Una vez me dijo un profesor que eso de tener 2 meses y pico de vacaciones sólo se da en los estudiantes y que es casi imposible que en la vida laboral se tenga tanta festividad seguida. Así que ya saben, queridos estudiantes (y no estudiantes), disfruten de los últimos días de vacaciones. Pueden hacer como Bart (el de Los Simpsons). Coger una lista de todo lo que no han hecho en las vacaciones y que tenían pensado hacer y hacerlo en un sólo día. Seguro que os suena el capítulo…

 

De paso en un sinsentido

Vida. Qué palabra más bonita. Una palabra que empieza y acaba, con inicio y fin. Empiezas a trazar la “V” desde lo más alto para terminar en lo más bajo de la “a”. Una palabra que empieza cuando mides 3 milímetros y termina cuando mides casi 2.000. Y qué haces entre esos milímetros. Cada instante de tu vida es un milímetro y un trazo más en la “vida”. Una simple palabra que significa mucho. Una palabra con cuatro letras que se corresponden con las cuatro etapas de la vida: infancia, adolescencia, adultez, vejez, ¿o no? Seguramente no, pero, oye, es una coincidencia. Al igual que tú, que tuviste mucha suerte siendo el más rápido o rápida dentro de tu madre. Estamos aquí de churro, y tal vez no tendría que haber sido así. Al menos, a muchos les tendría que haber fallado la puntería en el momento de disparar al óvulo. Esos que les da por asesinar, o los que te escriben al correo diciéndote que has ganado 5.000.000 de euros y que llames a un número para recoger tu premio. Llegamos, estamos unas decenas de años y nos vamos. Nadie sabe a dónde, pero a algún sitio vamos. Miles de personas aparecen cada día, y otros tantos miles se van. Y algunas dejan huella, como Jules Bianchi ayer, y otras no. Nos dicen que tenemos que ser buenos y no hacer “el malo”. Haces millones de cosas a lo largo de la “vida”, pero muchas de ellas no tienen sentido. Para qué vas a hacer la cama cada día, si cuando este llega a su fin tienes que deshacerla. Para qué te vistes, si te vas a tener que desvestir. Para qué compramos una casa si tarde o temprano nos vamos a terminar yendo de ella. Estudiamos para poder trabajar (bueno, los que tienen suerte), para poder vivir. Y total, para qué pegarte 16 años (o más) estudiando si luego vas a morir. Y trabajar para ganar dinero. No hablemos de eso. Dinero para comprarte cosas. Cosas que no las vas a poder usar cuando hayas terminado de escribir la “a”. No tiene sentido. Yo a todo esto le veo una conclusión: estamos de paso en un sinsentido. Ah, y espero que tú no seas uno de esos que sobran. Espero que tengas una buena caligrafía y estés escribiendo correctamente la palabra “vida”. Estate tranquilo o tranquila mientras la estés escribiendo porque nunca sabes cuándo se te puede ir el trazo.

Otra vez lo dice el refrán…

Hola, amig@. ¿Qué tal estás? Espero que bien. ¿Deja-vu? Tal vez. Igual el título te suena.

Hoy es domingo, ese día tan adorado por los cristianos y al mismo tiempo tan querido por los perezosos (no, no me refiero a los animales). Me refiero a toda esa gente que ahora, a las 10 de la noche, está tirada en el sofá viendo la película dominguera de La 1. Pero no sólo es adorado y querido. A su vez también es odiado e insultado por toda esa gente que tiene que estar estudiando ahora lo que no les gusta.

Hoy domingo es un día de ‘relax’. Un día de no hacer nada. Un día de esos en los que quedas con tus colegas para hablar de la farra de anoche en las fiestas de no sé qué pueblo. Un día de irte a hacer running. Un día de ver la Fórmula 1. Un día para ver La Liga. Un día para echarte unas plays con tus amigos. Un día para ir al campo con tu familia. Un día para hacer eso que has querido hacer toda la semana, pero no has tenido tiempo para hacerlo. Un día para hacer mil cosas y lo único que haces es estar tirado en el sofá viendo la película de La 1, o de Telecinco o una que te has pirateado, o simplemente echándote la siesta, o comiendo palomitas.

Los domingos son la clave. 24 horas para hacer lo que sea, sin tener que ir al trabajo o a la escuela. Es que cunden los domingos. Pero no los aprovechamos y todo por ese otro amigo nuestro que todavía es más odiado que los domingos. Sí, ese mismo. El que su nombre tiene 5 letras, ¡el lunes! Es que nos chafa todo. Nos pasamos los domingos enteros pensando: “Mañana lunes. Me cago en… ¿¡Es que mañana es lunes ya!? Pero si no he hecho nada este finde. ¡Cómo córcholis se ha pasado tan rápido! ¡¡No puede ser!!”.

No puede ser que algo abstracto nos fastidie un día. Aunque en realidad no es el lunes, si no tu escuela, o tu trabajo, o a lo que te dediques. ¡Pero da igual! Te guste lo que hagas, o no, no puedes dejar que eso te fastidie un día entero de tu vida. Ni que estuvieras enamorado del lunes para estar todo el santo domingo pensando en él. No te pongas excusas y aprovéchalo de una maldita vez. Y ya sabes lo que dice el refrán: “Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada”.

 

Lo dice el refrán

El 20 de abril, una noticia invadió los medios de comunicación: “Un niño de 13 años ha asesinado a uno de sus profesores. También ha herido a cuatro personas más, entre ellas otros dos profesores y dos compañeros”. Nada más conocer esta noticia, las redes sociales estallaron. En ellas, se comentó sobre todo, temas en relación a la edad del chaval y lo que pasaría con él (sobre su posible castigo). La Ley dice que un menor de 14 años es inimputable ante cualquier delito. Esa ley es lo que molestaba a muchos de los tuiteros, y no sólo tuiteros, ya que, también emitieron en televisión varias opiniones de ciudadanos de a pie.

Recuerdo que mis padres solían decirme: “Cuando yo tenía tu edad (yo tengo ahora 16), no teníamos ni móvil, ni “guasap”, ni “guesap”, ni “guosap”, y ahora hay chavales que 11 años ya tienen su Samsung Galaxy S6”. Y es verdad. Ahora, vas por la calle y ves niños de 12 años fumando y bebiendo. O incluso chavales de esa misma edad que ya han perdido la virginidad cuando, como ya he dicho, eso hace 40 años era impensable.

Todo esto lleva a una conclusión. Los chavales tienen su móvil dos, tres o incluso cuatro años antes que la generación de mis padres, su perfil de Twitter antes, empiezan a beber antes, a hacer el coito antes. Lo cual les conlleva a cometer delitos y actos ilegales antes, porque saben que éstos existen. Es decir, empiezan a conocer el mundo que les rodea antes. Entonces, ¿por qué no rebajar esta edad penal a, por ejemplo, los 12 años?

Aunque, bueno. Volviendo al inicio. El chaval ha matado a alguien. Independientemente de su edad, lo que diga la ley, su condición social, o lo que se esté arrepintiendo ahora, se ha llevado una vida. Seguramente el caso se archive como muchos otros porque no tiene más de 14 años… Insisto en que la edad no tendría que ser un intermediario entre el castigo (la pena) de uno y el delito que ha cometido, porque, al fin y al cabo, lo dice el refrán: el que pega, paga.

El poder de la naturaleza

La naturaleza es increíble, hermosa, bonita, pero al mismo tiempo devastadora, malvada y fea. Si hay un dios todopoderoso que la controla, no sé por qué le deja producir epidemias como la ocurrida en Asia este fin de semana. O si es ella misma quien se controla. Más de dos millares de personas inocentes han perdido la vida. También heridas y desaparecidas… Me cuesta hablar de ello. Empatizo, y pienso: ¿Perder todo en un minuto? Tu familia, tu casa, tus amigos… Turistas desaparecidos en el Everest. La embajada española de la India no daba respuesta alguna a familiares. Tenías que ponerte en lo peor, rezar a ese dios, (si es que existe, yo no lo creo), y mandar apoyo y fuerza a familiares y amigos. Dicen que es ley de vida, y que todo sigue. Pueblos enteros destrozados. Familias enteras hundidas moralmente. Réplicas durante 48 horas. La madre naturaleza es malvada. No sé si será porque nos estamos cargando el mundo. Hoy he visto un documental de cómo en 40 años la tecnología dominará a la Humanidad y al Planeta. No sé si nos querrá decir algo, pero yo tengo miedo. Te invito, querido lector, a vivir cada día de tu vida como si fuera el último. Despiértate cada mañana y vive cada día como si fuese el último. Nunca sabes cuando puede terminar. La naturaleza nos puede ganar la partida y no podremos hacer nada. El poder de la naturaleza es increíble. El poder de las personas para estar unidas en momentos así, también.
Mucha fuerza, ánimo, y paciencia.

Un mareo y un ‘¡Me aburro!’ indirecto

Como muchos sabrán, el 25 de febrero se celebró el debate sobre el estado de la nación (DEN). Es un acto que se realiza desde hace 25 años en el Congreso en el que diputados y altos cargos del Gobierno hablan, como bien dice su nombre, sobre el estado del país. Desde economía, hasta terrorismo. Pero, vaya, esta carta no es un post de Wikipedia, así que voy al grano. El de este año fue gracioso y al mismo tiempo, algo preocupante. Era el turno de Mariano Rajoy. Subió a la tribuna de oradores a dar su discurso, cuando, de repente, las cámaras captaron una imagen de Celia Villalobos (vicepresidenta del Congreso) con su iPad jugando al Candy Crush. Sí, según han dicho los expertos, era el Candy Crush (una especie de tetris). Para que vean lo importante que es lo que dice nuestro presidente. Que va a crear 3 millones de puestos de trabajo si vuelve a gobernar. Jajaja. Y cómo no, tras la difusión de esta noticia, los community managers de Podemos ya estaban con las típicas bromas: “Para que vean que lo que dice Rajoy no le interesa ni a la vicepresidenta” y bla, bla, bla. Y esto no es todo. En este mismo acto, Joan Baldoví (un diputado), se encontraba, también, en la tribuna de oradores cuando al alcanzar los dos minutos de ponencia, se le escucha decir interrumpiendo su intervención: “Discúlpeme”, seguido de un desvanecimiento. Y rápidamente Villalobos (en ese momento no estaba con elCandy Crush. Menos mal.) grita: “¿Hay por ahí un médico? ¡Un médico!”. ¿Y sabéis quién acudió? ¡Exacto! La exministra de Sanidad, Ana Mato. Por suerte, no le atendió tan mal, como lo hizo a su país cuando estaba al mando del Ministerio de Sanidad. Estoy seguro de que en el debate sobre el estado de la nación de 2016 captarán las cámaras a alguien desmayándose de euforia tras pasarse el nivel de Candy Crush. ¿O tal vez captarán el desmayo de alguien al oír “¡despedido/a!” por jugar al Candy Crush cuando no debe hacerlo?

Algo sobre la publicidad

Estamos rodeados de publicidad por todas partes: cine, calle, prensa, televisión, páginas webs, redes sociales… Parece que nos sigue. Incluso me atrevería a decir que es como Dios para los cristianos, que está en todos lados. A veces, quizá sea demasiado molesta, cuando, por ejemplo, la vemos excesivamente en una página web. También nos molesta cuando estamos viendo una serie y de repente emiten anuncios cortándonos toda la trama, y no debiera ser así.
¿Sabías que te están pagando por ver la televisión? ¿Y por ver una película en el cine? ¿Y por leer el periódico? Aunque no te lo creas, es verdad. Te están pagando de una forma muy sencilla: en contenido. Si quieres ver una serie sin anuncios te vas al Fnac y te compras la temporada que quieras, te gastas tus 60€ y la ves sin cortes publicitarios, pero no te quejes de que justo ponen anuncios cuando viene lo interesante, porque, si lo piensas, te están ofreciendo entretenimiento gratuito y no te va a pasar nada por esperar 10 minutos para poder seguir viendo ese contenido…

La culpa no es de los lunes, la culpa es tuya

Mucha gente odia los domingos. Los odian profundamente, como si les fuera la vida en ello, como si toda la rabia que han acumulado a lo largo de su vida se haya transformado en odio hacia los pobres domingos, que no son culpables de nada. Yo no me excluyo de ese montón de personas a las que no les agrada leer en el calendario domingo, de ahí el motivo de este texto.

Odiamos los domingos porque sabemos que detrás del domingo está el lunes, está el comienzo de la semana, está el comienzo de tu aburrida rutina, el comienzo de… ¡alto! ¿El comienzo de tu aburrida rutina? Amigo, si consideras aburrida tu rutina, creo que ya sabes por qué odias los domingos y por qué no te agrada leer en el calendario domingo. Empieza ya a dedicarte a lo que te gusta y verás como dejarás de echarle la culpa a los domingos. Verás como en vez de tener ganas de alejarte de los domingos verás que tienes ganas de que lleguen, ganas de que vuelva a empezar tu rutina, porque estarás dedicándote a lo que realmente te gusta y a lo que sabes que le vas a poner empeño. Así que deja de culpar a los domingos, porque el culpable eres tú, de no haber elegido desde un principio a qué te querías dedicar.

¿Una parte más de nuestro cuerpo?

Soy un chico de 15 años y, como cualquier otro, tengo un teléfono móvil al que, diariamente, le doy uso. Ya sea para aplicaciones de mensajería instantánea, redes sociales, correo electrónico, etcétera. Vaya al sitio que vaya, siempre llevo encima mi teléfono.

Hace una semana, tras un descuido, el móvil se me cayó al suelo y, cómo no, la pantalla se rompió. Probé a encenderlo, pero no dio resultado. Estuve 4 días sin teléfono hasta que conseguí uno nuevo (la reparación era carísima).

En ese breve periodo de tiempo, tuve la oportunidad de reflexionar. No me veía capaz, pero… ¡aguanté 4 días sin mi móvil! Parecerá una chorrada la oración anterior, pero, paraos detenidamente a pensar, ¿en qué nos hemos convertido?

A día de hoy es imposible salir a la calle 5 minutos y cruzarte con un peatón el cual no lleve unsmartphone en sus manos. ¡Ah!, y que no se me olvide mencionar lo frecuente que es ver un grupo de 4 amigos que no se dirigen la palabra porque están tecleando encarecidamente sus aparatitos.

¿En qué terminará todo esto? ¿Se acabarán extinguiendo las relaciones verbales? Quizá exagere, no lo sé…
A ver qué me dicen dentro de unos años.

Hola, ¿qué tal?

Hola, buenas noches. Bueno, buenas, a secas, que igual no es de noche.

¿Qué tal? Espero que bien. No sé qué contarte porque… esto en un principio era una entrada de prueba. Para ver qué aspecto tienen las entradas en la web, una vez publicadas. Así que nada, adiós.